Salta, Argentina.
22/06/2026
Científicos del Conicet descubren cómo los estilos de vida influyen en la prevalencia de cáncer
Nacional

Científicos del Conicet descubren cómo los estilos de vida influyen en la prevalencia de cáncer

Nov 13, 2025

Lo investigaron en mamíferos y lo publicaron en la prestigiosa revista Science Advances
Según postulan, los animales más cooperativos, como los elefantes y las ballenas, mueren menos de la enfermedad, mientras que los más competitivos, como los felinos, fallecen más.
El cáncer puede definirse como una enfermedad provocada por el crecimiento descontrolado de células anormales, que invaden y dañan tejidos sanos. Aunque existe hace milenios (fue Hipócrates quien antes de Cristo, la nombró como karkinos, cangrejo, al notar su dispersión en un cuerpo) y por más que la biomedicina ha realizado aportes notables en las últimas décadas, la ciencia aún busca responder preguntas básicas. Una de ellas, probablemente, sea: ¿por qué algunos animales son más propensos que otros a tener cáncer? Matías Blaustein, biólogo de la UBA y del Conicet, lideró un equipo que realizó un estudio de relevancia en mamíferos, y halló que los estilos de vida de algunas especies pueden ser fundamentales al momento de comprender la prevalencia de la enfermedad. Lo publicaron este miércoles en Science Advances, una prestigiosa revista del rubro.

Mientras que hay especies de mamíferos que, a lo largo de su historia evolutiva, han desarrollado múltiples mecanismos para evitar el cáncer, hay otros que no adquirieron las mismas capacidades. Las ballenas, por ejemplo, tienen una aptitud mejorada para reparar errores en el ADN y evitar mutaciones; de la misma forma que los elefantes poseen muchas copias de un gen supresor de tumores. Por otra parte, hay otras especies que parecieran ser especialistas en adquirir tumores. Un caso emblemático es el demonio de Tasmania, que desarrolla un tipo de tumor facial que se contagia de unos a otros.

Bajo esta premisa que indica una variabilidad difícil de escudriñar a simple vista, Blaustein y compañía ensayaron una correlación que hasta el momento no se había estudiado. “El principal hallazgo que estudiamos en mamíferos es que aquellas especies que tienen estilos de vida cooperativos, es decir, que viven y crían en grupo, por lo general, tienen tasas de prevalencia y mortalidad de cáncer más bajas. Esto marca una diferencia con otras especies de mamíferos con estilos de vida más competitivos“, sostiene.

Esta teoría presupone que la evolución, entonces, quizás no se trate tanto de la lucha del más apto, sino de la prevalencia de quienes mejor cooperan. En criollo, según esta nueva tesis, sobreviven más quienes colaboran entre sí. Cetáceos como los delfines, las marsopas y las ballenas son ejemplos de especies cooperativas que habitualmente evidencian poco cáncer. Algo similar puede hallarse en elefantes, así como también en algunas especies de roedores, como las ratas topo. Los más competitivos, en cambio, tienen tendencias más solitarias y no crían en grupo; es el caso, por ejemplo, de los felinos, de los gatos que, muchas veces, compiten entre sí por ver quién se alimenta más de su madre. También sevdestacan en este grupo otros carnívoros, como los cánidos y los úrsidos.

Para llevar adelante su hipótesis, hubo que discutir otras líneas de trabajo que planteaban enfoques distintos. Blaustein recuerda: “En 2022, salió un trabajo publicado en Nature que mostraba qué animales tenían mayores niveles de cáncer. La variable que se pensaba que podía contribuir era la dieta. Tener una dieta a base de carne, ubicaba a algunas especies como ‘bioacumuladoras’. Esto es: consumen animales, que a su vez consumieron a otros animales y vegetales, y así son más susceptibles de acumular patógenos oncogénicos. Eso podía explicar, según este artículo por qué los carnívoros tenían más cáncer. El tema es que hay varios carnívoros que no cumplen esa regla: las orcas y los delfines comen carne y, sin embargo, no tienen esos niveles de cáncer“.

Según la nueva tesis que hoy se publica en Science Advances, puede que el consumo de carne no sea tan determinante para hallar correlaciones de ciertas especies con prevalencia de cáncer. En este sentido, se torna posible que una nueva variable, como son los estilos de vida, expliquen con mayor precisión por qué algunas poblaciones tienen más la enfermedad.

¿El cáncer puede ser bueno?

Hay preguntas, como la de arriba, que se responden de manera rotunda. Incluso desde la teoría evolutiva, algo que mata como lo hace el cáncer nunca puede ser algo positivo. Las teorías más aceptadas de cáncer suponen que las variantes oncogénicas constituyen un valor adaptativo negativo para el individuo y su reproducción. Sin embargo, dichas variantes no fueron eliminadas a través de la evolución de las especies. La pregunta que sigue, entonces, es: ¿cómo puede ser que el cáncer esté tan expandido si es un valor tan negativo?

“Efectivamente, casi todas las especies tienen cáncer o algo parecido al cáncer. No es algo que solo le pasa al humano. Entonces hay dos hipótesis. Una se conoce como pleiotropía antagónica: una variante de gen que te genera cáncer es mala porque en estadios avanzados te puede matar (en el sentido en que el cáncer mata, en promedio, muchísimo más a personas mayores que a jóvenes), pero genera un valor adaptativo positivo en estadios juveniles que compensa el valor negativo que puede aparecer luego. Así es cómo la evolución no se pudo sacar de encima la parte mala de la selección natural”, describe Blaustein.

Por ejemplo, un gen que puede predisponer al individuo de una especie a tener más cáncer cuando es adulto, puede provocar, cuando es joven, que crezca y se desarrolle sexualmente más rápido, así como también favorecer una mayor capacidad para reparar heridas.

La otra hipótesis plantea que las variantes que predisponen al cáncer son de alguna manera “invisibles” a la selección natural. “En la mayor parte de los casos, el cáncer que te puede matar aparece cuando ya te reprodujiste. Como la selección natural se enfoca en la capacidad de los individuos de dejar descendencia, no presta atención a las variantes oncogénicas”, detalla Blaustein.

Dos hipótesis que el científico recogió, aunque no servían del todo para explicar por qué algunos animales tienen mucho cáncer y otros poco. Allí fue cuando advirtió que enfocarse en los genes, las proteínas, la fisiología y la morfología de los individuos es fundamental, pero no alcanza. “¿No será que hay algo más allá del individuo, como su estilo de vida, su relación con otros individuos y con el ambiente? Encontramos que sí”, se pregunta y se contesta el científico, que esta vez no puede ocultar su entusiasmo.

¡Los viejos funcionan!

Posar la lupa sobre los estilos de vida y la cooperación de unos individuos con respecto a sus pares otorga sentido a todo lo demás. “Los bichos que tienen menopausia, por ejemplo, cumplen roles muy importantes más allá de la reproducción. Las abuelas orcas, en clave cooperativa, ayudan a las mamás orcas a cuidar a las más jóvenes, a sus nietas. Es muy común en grupos de antílopes o elefantes, que los más viejos ayuden a marcar el camino del agua, el alimento y señalar el trayecto en el que no hay predadores. Los búfalos se asocian para proteger a las crías de los ataques de los leones“. Así es cómo el animal que se reproduce menos, el más viejo, puede desempeñar un papel central de colaboración que opera para que los más jóvenes no se mueran, consigan alimentos y se reproduzcan mejor.

En estos casos, en que los adultos son relevantes por sus funciones sociales, sería lógico, entonces, que la especie desarrolle mecanismos de resistencia al cáncer. No mueren de cáncer, porque son fundamentales para procurar la reproducción de los individuos más jóvenes, aunque ellos mismos ya no se reproduzcan.

Ahora bien, uno podría imaginar lo contrario: “Pensemos, en cambio, en un adulto mayor que se reproduce poco y que además compite por recursos con los más jóvenes. Los machos alfa no dejan aparearse a los más jóvenes; pasa, por ejemplo, con los lobos marinos y los leones. Incluso pasa con los que matan a las crías de otros adultos“, dice el especialista. En este caso, como los adultos compiten más y desarrollan más cáncer, se produce una ‘compensación’ para la población. A partir del fallecimiento del adulto a causa de la enfermedad, el joven muere menos y puede llegar a reproducirse. ”Pensamos que, en algunos contextos, en términos de selección natural, el cáncer puede llegar a tener un rol positivo“, sintetiza el investigador.

Correlación y bases de datos

Para concretar la línea de trabajo, los investigadores argentinos realizaron análisis de correlación y utilizaron tres bases de datos, que están disponibles de manera pública y remiten a trabajos anteriores. “Empleamos tres variables distintas. En la primera, usamos el riesgo de mortalidad por cáncer, esto es, una variable que mide la probabilidad de que un determinado animal haya muerto por cáncer o por otra cuestión. Las otras dos variables de análisis fueron la aparición de neoplasias (tumores) y aparición de neoplasias malignas”, recapitula el biólogo, que también es filósofo (UBA).

Y continúa: “Con las tres variables, basadas en tres bases de datos distintas, utilizadas en tres papers diferentes, examinamos las correlaciones entre el cáncer y el estilo de vida, y vimos que lo que mejor correlaciona es cooperación versus competencia“.

Correlación que, vale destacar, no equivale a causalidad: la investigación no dice que si una especie es cooperativa tiene menos cáncer, ni tampoco que si es competitiva tiene más. Aunque, sí plantea diferentes hipótesis que orientan la reflexión en sentidos determinados. Para robustecer más el trabajo, en una segunda instancia, utilizaron modelos matemáticos.

¿Y los humanos?

Aunque no es el tema del artículo en cuestión, se podría categorizar sociedades humanas y dividirlas en más o menos cooperativas, con el objetivo de analizar la mortalidad por cáncer.

Aunque Blaustein es cauteloso, se anima y especula lo que podría pasar: “Los pueblos más longevos del mundo se caracterizan por un rol muy marcado y presente de la gente grande. Esas personas siguen contribuyendo a sus sociedades, y se mantienen activas. También hay mucha cooperación entre los viejitos, mucha ayuda entre sí. En cambio, lo que hoy prevalece es una sociedad individualista, competitiva: a mayor competencia, más desigualdad, más gente contrae cáncer y se muere de la enfermedad“, remarca.

Y remata: “La evolución del homo sapiens, de hecho, está inscripta sobre la base de lo común, de compartir. Podemos empezar a observarla así y no tanto como una competencia”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *